🔵El último informe de CAME reflejó una caída interanual del 4,2% en las ventas minoristas y un descenso mensual del 2%. Mientras el consumo se retrae y el endeudamiento externo crece, el Gobierno enfrenta un escenario económico y social que complica cualquier estrategia electoral🔴
El Índice de Ventas Minoristas PyME de septiembre, elaborado por CAME, volvió a encender las alarmas: las ventas a precios constantes cayeron 4,2% interanual y 2% en la comparación mensual desestacionalizada, acumulando un modesto crecimiento anual del 5% sostenido casi exclusivamente por aumentos nominales de precios.

La baja fue generalizada en todos los rubros. Los más golpeados fueron textil e indumentaria (-10,9%), bazar y muebles (-6,2%) y perfumería (-6%), mientras que solo la venta de artículos de cuidado personal mostró un leve repunte mensual del 1,4%. En el conjunto, el informe advierte un consumo retraído, afectado por la pérdida del poder adquisitivo, el endeudamiento de los hogares y la incertidumbre política.
Según la encuesta de la propia entidad, el 38% de los comercios percibe un empeoramiento respecto al año pasado y el 60% considera que no es momento de invertir, un dato que traduce la desconfianza del pequeño y mediano empresario. En términos políticos, este pesimismo se traduce en malhumor social: el sector pyme —uno de los más sensibles al pulso económico— suele anticipar el clima electoral antes que las encuestas.
Consumo en caída y riesgo electoral
El enfriamiento del consumo tiene consecuencias directas en la viabilidad política de cualquier administración. En un país donde la economía doméstica marca el humor colectivo, la combinación de inflación persistente, caída del salario real y falta de crédito conforma un escenario adverso para el oficialismo.
Con ventas minoristas en retroceso y una percepción generalizada de estancamiento, la heladera vacía vuelve a ser un factor electoral determinante.

Las elecciones se definen, históricamente, por la sensación de mejora o deterioro del bolsillo. En este contexto, no hay narrativa de estabilidad posible cuando los comercios venden menos y las familias consumen menos.
Deuda externa y desconexión con la economía real
A la recesión del consumo se suma la estrategia del Gobierno de recurrir a deuda externa con Estados Unidos y organismos internacionales para sostener reservas y financiar gasto público.
Si bien ese tipo de financiamiento puede ofrecer un alivio macroeconómico, en la práctica profundiza el ahogo microeconómico: el crédito interno se encarece, las tasas suben y las pymes quedan fuera del circuito financiero.

Los dólares que ingresan no dinamizan la economía real; sirven para equilibrar las cuentas frente a los acreedores, no para impulsar la producción o el empleo. Esa desconexión entre la macro y la micro genera un doble efecto: los mercados celebran, pero el ciudadano común se empobrece.
