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El problema ya no es Adorni: Es Milei

🔵Una humilde reflexión, ante uno de los hechos más controversiales de los últimos años. Renuncia o no, Milei sabía🔴

Javier Milei prometió un gobierno distinto. Prometió terminar con «la casta», con los privilegios y con la corrupción. Prometió que, ante la más mínima sospecha fundada, no habría contemplaciones. Incluso llegó a decir públicamente que, si Manuel Adorni resultaba culpable, lo iba a echar «de una patada». Pero, esto ahora resulta confuso, si todavía confía en su inocencia, porque el circulo rojo libertario, él y Karina Milei principalmente, le sueltan la mano.

La realidad terminó desmintiendo al discurso. Finalmente, Adorni abandonó la Jefatura de Gabinete antes de que exista una sentencia judicial, entonces la pregunta deja de ser si la Justicia lo condenará o no. La pregunta es política: ¿Por qué se va ahora? ¿Qué cambió entre las enfáticas defensas del Presidente y la decisión de desprenderse de su funcionario de mayor confianza?

Durante meses se acumularon revelaciones públicas sobre el patrimonio del poco iluminado Adorni. La adquisición de una propiedad en el country Indio Cuá, el departamento en Caballito, las costosas reformas realizadas en ese inmueble, las inconsistencias entre sus explicaciones públicas y la información conocida, y las sucesivas aclaraciones que nunca terminaron de despejar las dudas conformaron un escenario político cada vez más complejo.

El propio Adorni eligió defenderse desde el recinto. Afirmó que su declaración jurada estaba «limpia» y negó irregularidades. Pero cada nueva información publicada alimentó nuevos interrogantes. Incluso cuando decidió hablar a los medios, lo hizo en uno solo y sostuvo que tenía criptos nunca declarados y muchos dólares encontrados en el armario de su difunto padre. Al menos raro…

El problema dejó de ser únicamente el patrimonio del funcionario: pasó a ser la credibilidad de sus explicaciones y la del Gobierno en su conjunto. Y ahí aparece Javier y Karina Milei.

Adorni no era un ministro más. Era el jefe de Gabinete. El funcionario más poderoso después del Presidente. Su hombre de mayor confianza. Quien compartía la mesa chica, los viajes, las reuniones y las decisiones estratégicas del Gobierno. 24 horas juntos. En una administración profundamente personalista, donde el propio Milei concentra la conducción política, cuesta creer que todo esto ocurriera sin que el Presidente advirtiera absolutamente nada.

No hace falta afirmar responsabilidades penales para formular una conclusión política contundente. Si Milei desconocía lo que ocurría con su principal colaborador, entonces falló el control sobre su propio Gobierno. Y si lo conocía, deberá explicar por qué lo sostuvo durante tanto tiempo mientras defendía públicamente su inocencia.

La salida de Adorni tampoco es un gesto de transparencia. Por el contrario, abre una nueva incógnita. Porque si el Presidente estaba convencido de que su funcionario era inocente, lo lógico habría sido sostenerlo hasta que hablara la Justicia. ¿O no estimado/a lector/a? Milei decide “aceptarle la renuncia” y la decisión parece responder menos a una convicción ética que al peso de una crisis política que ya no pudo contener.

Los argentinos no somos boludos. Entienden que una renuncia en estas condiciones no cierra un capítulo: abre otro. Porque el foco deja de estar exclusivamente sobre el funcionario investigado y se traslada inevitablemente hacia quien lo eligió, lo promovió, lo defendió y lo sostuvo hasta que el costo político se volvió demasiado alto.

La bandera de la transparencia no se mide por los discursos pronunciados en campaña ni por las promesas hechas desde un atril. Se mide cuando la corrupción golpea la puerta del propio despacho. Y es precisamente ahí donde el Gobierno de Javier Milei enfrenta hoy su examen político más difícil.

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